A 1,50

Ada sillero

Valentín sale temprano de casa después de besar a su esposa en la frente. Gesto que ha convertido en costumbre con el paso de los años. La misma que la de ella de despedirle con una sonrisa cargada de amor, tras la retahíla de prevenciones, que él rubrica con la promesa de volver pronto y tener cuidado. Desde que le jubilaron es él quien se encarga de la compra y los quehaceres de la casa.
Viven en unos de esos pisos interiores, de techos altos y renta antigua. Espera el ascensor donde coincide con sus vecinos; una familia numerosa de cuatro hijos que llenan de gritos y carreras el rellano. Valentín siempre lleva caramelos en el bolsillo para repartirlos entre los más pequeños, con la consiguiente algarabía por el regalo.
Tienen que bajar por tandas debido al reducido tamaño del cubículo que habilitaron en el angosto hueco de la escalera para dar autonomía a los inquilinos que, imposibilitados por las limitaciones de la edad, se veían obligados a una vida de presidio en sus propias viviendas. Valentín baja en último lugar, total, no tiene prisa.

Ya fuera del portal, su primera parada es en la cafetería de su amigo Paco, donde habitúa a tomar ese primer café que le activa la mañana. Ha decidido que cuando termine de sus obligaciones, comprará unos churros y los subirá a casa para desayunar junto a Mercedes, su mujer, que habrá preparado un oloroso chocolate caliente y disfrutarán del extra del día, quizás en silencio porque después de medio siglo de convivencia las conversaciones se agotan, pero sin duda disfrutaran el uno de la compañía del otro. Y si todo sale según lo previsto, hoy Valentín sorprenderá a su esposa con un regalo especial por ser el día de los enamorados.
En primer lugar, visita la plaza de abastos, donde le gusta recrearse en los puestos y curiosear con la mirada los productos, mientras tira de su carrito de tela a cuadros azules y marrones ya raspado por el uso. Se detiene ante el puesto en el que más personas esperan ser atendidas. Se mezcla entre ellas y mientras ojea el producto y el empleado de la carne, de la verdura o el de los frutos secos…, atiende a otra persona, de manera hábil y rápida para sus dedos artríticos, se le cae alguna que otra cosilla dentro del carro de la compra. Terminada la maniobra asegura, sin que nadie le haya preguntado, que no encuentra lo que desea y con la misma sonrisa con la que acercó al puesto, se marcha del modo más natural que le permite su mala conciencia.
No se considera un ladrón y no se siente nada orgullo de lo que hace. Sabe que haría mucho daño a su mujer si llegase a enterarse de lo que se ve obligado a hacer para poder llegar a fin de mes, después de toda una vida de esfuerzo y sacrificio. Son demasiados gastos para una pensión tan ridícula como la suya, por eso lo esconde como el mayor oscuro de los secretos.
Sale del mercado de San Agustín y antes de entrar en el supermercado que hay al otro lado de la calle, compra un cartucho de almendras garrapiñadas en el puesto ambulante que lleva años despachando tan olorosa golosina en la esquina del desaparecido cine Olympia.
Intenta comer alguna almendra, pero le es imposible, por lo que se resigna a chuparla y culpa a la vejez de que sus dientes ya no son lo que eran.
Llega al super donde recorre con parsimonia los pasillos y de manera nada accidental caen en el carro: un pack de yogures con fibra; un paquete de pan de molde y otro de magdalenas rellenas de chocolate; un bote de café descafeinado y un litro de leche desnatada Puleva; varios paquetes de salchichas de jamón y unas natillas con galleta, que últimamente tienen mucho éxito entre su clientela. Repite que no ha encontrado lo que buscaba al pasar ante la cajera que ni siquiera le escucha mientras; pasa productos por el escáner, pregunta a la clientela si quiere bolsa y da la vuelta a una anciana que ralentiza la cola al guardar cada moneda en un departamento de la cartera.
El carrito ya le pesa, por lo que decide que es hora de descargarlo antes de volver al ataque. Con paso lento tira de su compra y callejea por las vías más concurridas para camuflarse entre la gente, ante la posibilidad de haber sido descubierto. Con un pellizco en la boca del estómago y sintiéndose observado por todo aquel que se cruza con él, desemboca en la plaza que acostumbra a vender sus productos. Va directo al banco situado tras el quiosco de prensa. Es su escondite favorito.
Entre las personas que utilizan sus servicios ya es conocido y no tardarán en aparecer los clientes. Valentín sujeta el carro con su mercancía. Es consciente de que en él guarda la posibilidad de obtener el dinero suficiente para poder comprar a su Merche los pendientes de bisutería que ya tiene elegidos en la tienda de artículos de regalo que hace esquina a su casa. Se regodea al pensar en la cara que va a poner su esposa cuando se los dé. La ilusión de un enamorado chisporrotea en sus lagrimosos ojos surcados por infinidad de arrugas que el tiempo a plegado a su antojo.
Cuando una posible clienta se asoma a su carro a olisquear lo que sabe que esconde, le informa que todo está a 1,50. Le cuenta que las magdalenas son del día y la leche está enriquecida con calcio, la fruta fresquísima y la carne de primera calidad. Todo a 1,50. ¡Más barato imposible!
En menos de una hora ya ha vendido todo el carro. Necesita más mercancía. La estrategia se repite, solo que ahora el lugar de acción es diferente. No puede caer en la estupidez de acudir a la misma tienda en un mismo día, ni siquiera del mismo barrio, por lo que camina con el paso que le permite la artrosis hacia su nuevo abastecimiento; la perfumería Ana Pilar, un Covirán y un Carrefour Express en el que el vigilante de seguridad le detiene antes de que consiga salir del establecimiento con su mercancía.
Mercedes, su mujer, le espera ansiosa. Hoy es el santo de su amado esposo y para ello ha vestido la mesa con el mejor de los ajuares: el mantel de lino, al que le resulta imposible borrar unas manchas amarillas que no sabe de qué le han podido salir, con las servilletas a juego; la cubertería de acero inoxidable, con los vasos altos de cristal decorados con ramitas verdes que le regalaron en el banco cuando abrieron el fondo de pensiones y los platos transparentes de Duralex, que formaban parte de su ajuar de boda y que aún resisten al paso del tiempo. Para darle un toque más romántico ha adornado la mesa con velas y un centro de flores que ha colocado entre los platos. La mujer piensa que la ocasión lo merece. Hoy no es día de comer directamente de los tápers que gracias a la trabajadora social reciben cada día.
Valentín está muy nervioso. Sentado en la silla dentro de la habitación del vigilante de seguridad, se destroza las manos preocupado por la situación. Le han pillado y no sabe en qué va a terminar el lío en el que está metido. Está asustado por él y por lo que pueda llegar a saber su esposa. En compañía del vigilante esperan la llegada de la policía.
-Por amor de Dios, cómo se le ocurre a un hombre ya de su edad, verse en estos líos -le censura el joven que se apiada del anciano al ver como corren las lágrimas por las arrugadas mejillas del abuelo-. Compréndalo, yo hago mi trabajo -justifica.
La policía detiene a Valentín que, con la cabeza gacha, por la vergüenza, sale del establecimiento dirección a la comisaria donde prestará declaración. En su cabeza rebota una sola idea; «Pobre Merche, que ella no se entere, que ella nunca sepa nada de todo esto».
Mercedes sentada en su sillón de orejas de escay marrón, con su sexto sentido de intuición encendido, vislumbra que algo ocurre ante la tardanza de su marido. Valentín es un animal de costumbre y no es hábito en él llegar tarde al almuerzo y menos en un día tan señalado para ambos.
Su esposa reniega de su suerte al saber que tarde o temprano tenía que suceder. La mujer no encuentra más salida que la de cubrirse la cara con sus manos y llorar en silencio el secreto de Valentí.

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